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1979 Karl Popper, el frustrado maestro rural, por Gustavo A. Brandariz

Karl Popper nació en 1902. Era austríaco y su vida transcurrió en Viena, en Londres y en el mundo. Un día soñamos en la Fundación Universitaria del Río de la Plata con traerlo a la Argentina para dar unas conferencias que nos ayudarían a aclarar las ideas, pero ya era tarde.

Karl Popper fue un gran filósofo, quizás el más bellamente moral del siglo XX, porque además de escribir libros y dar conferencias nos ayudó a comprender que la vida también podía ser otra cosa que desesperación.

En 1979 un prestigioso periodista –Franz Kreuzer- lo entrevistó distendidamente, y fruto de esas conversaciones fue un librito, hoy inhallable pero siempre valioso: "Sociedad abierta, universo abierto".

"Yo nunca quise ser filósofo –le dijo Popper a Kreuzer-, nunca quise ser un filósofo profesional... Mi primer plan, de muy joven, con dieciséis o diecisiete años...al final de la Guerra Mundial...era fundar una escuela rural y ejercer de maestro en ella. Renuncié a esta idea; a la escuela rural, no a la de ser maestro". No se creyó maestro: eligió ser maestro, que no es un gesto de vanidad sino de abnegación. El maestro se ofrenda a los demás.

Interesado inicialmente en el marxismo, no tardó en diferenciar las ideas de las prácticas violentas en su nombre, y, en vez de auspiciar una revolución social sangrienta, prefirió la búsqueda de soluciones pacíficas y de progresos sin pérdidas de vidas humanas.

Los conflictos no le parecieron teatro para enfrentamientos sino oportunidades para el ejercicio de la razón y la búsqueda de un mundo mejor.

Y razonando llegó a la convicción de que aquellas ideas que no servían para resolver conflictos sino para agravarlos, son trampas mortales, construcciones del pensamiento que amenazan y terminan con la vida. Popper no se inclinó por el escepticismo ni por el relativismo, sino por el pensamiento crítico, una actitud prudente pero activamente enérgica para cuestionar y demoler aquellas barreras mentales que levantan el dogmatismo y la intolerancia y dañan al hombre impidiéndole razonar en paz.

Y no tardó en llegar a la conclusión de que cuando una idea fija no admite ser puesta a prueba y salir airosa porque no permite su cuestionamiento, esa idea fija carece de valor intelectual y se vuelve un obstáculo peligroso.

En vez de perder mucho tiempo en las ideas cerradas, sintió un gran interés por la agilidad mental con que la ciencia es capaz de poner en discusión la idea previa, aún la del científico más prestigioso. Cuando Einstein vino a derrumbar gran parte de las afirmaciones de Newton, Popper sintió un profundo interés por su actitud independiente, honesta e ingeniosa, aunque venía a destronar la autoridad del ilustre físico inglés.

Lo de Einstein no era relativismo moral, sino teoría de la relatividad en física, que es otra cosa. Popper aspiró a que los filósofos fueran mentalmente tan libres como el sabio alemán. Que su intelecto fuera abierto a la posibilidad de una idea mejor. Que la sociedad fuera abierta, porque el universo es abierto, y el universo mental de la sociedad y de las personas, si es abierto para contradecir los dogmas falsos, puede abrir las puertas a una época mejor.

¿Y los filósofos? Popper no era elitista: a diferencia de Platón, que pedía el gobierno de los filósofos, Popper deseaba lo opuesto. Creía en la sabiduría de Sócrates, plena de responsabilidad y de humildad. El ateniense sabía que su saber tenía el límite de la humana incapacidad de saberlo todo y que todo saber humano es provisional. Y así como Sócrates no quería imponer sus ideas sino que sus alumnos aprendieran a razonar libremente, Popper quiso que todos fuéramos capaces de filosofar y no sólo los filósofos profesionales.

"Creo que todo hombre desarrolla ciertas actitudes frente a la vida y frente a la muerte. Y estas ciertamente son actitudes filosóficas, aunque habitualmente sean acríticas; filosofías buenas o menos buenas. También las esperanzas, lo que se debe pedir a la vida, lo que se puede alcanzar en la vida, son, en lo esencial, actitudes filosóficas frente a ésta. En ese sentido, creo realmente que todos los hombres son filósofos".

Popper no era un demagogo sino todo lo contrario. Pero tampoco era un intelectual pedante de aquellos que desprecian a los demás. Al ayudarnos a reconocer nuestras propias capacidades y al destruir los dogmatismos humillantes, no sólo levantó nuestra autoestima, sino que nos hizo pensar con el optimismo y la tranquilidad de que, pensando, nosotros también podemos llegar a soluciones inteligentes.

Pero la condición insoslayable es la tolerancia. En 1981, en la Universidad de Tubinga, Popper pronunció una conferencia memorable: "Tolerancia y Responsabilidad Intelectual". Leerla y releerla muchas veces nos ha llevado a la conclusión de que en ese texto emotivo y significativo está hablando todo el espíritu de aquel filósofo que quiso ser un humilde maestro rural.

¿Qué podemos hacer los intelectuales para impedir las terribles matanzas que por motivos religiosos o políticos han ensangrentado a la Humanidad?: mucho, nos dice Popper. "Sencillamente por esto: porque nosotros, los intelectuales, desde hace milenios hemos ocasionado los más horribles daños. La matanza en nombre de una idea, de un precepto, de una teoría: ésa es nuestra obra, nuestro descubrimiento, el descubrimiento de los intelectuales. Si dejáramos de incitar a las personas unas contra otras –a menudo con las mejores intenciones- sólo con eso se ganaría mucho. Nadie puede decir que ello nos sea imposible".

"En la idea de ortodoxia y en la de herejía están ocultos los vicios más mezquinos", agrega Popper. Por eso, sin pedir a nadie que renuncie a sus ideas, lo que pide a todos es que acepten un pluralismo crítico, en donde todos puedan aportar lo suyo, pero todos se comprometan no sólo a respetarse sino también a someter a examen crítico cada una de las afirmaciones, para ver si se sostienen.

Popper fue el maestro de la libertad y de la tolerancia en medio de las dictaduras y de las intolerancias del siglo XX. Nunca pudimos traerlo a la Argentina, pero de la lectura que hicimos de sus libros nos vino en parte el deseo y la esperanza de que nunca más cayéramos en dictaduras e intolerancias. Fue, también un maestro para los argentinos de buena voluntad.

Aunque nunca llegó a fundar tampoco la escuelita rural que soñaba de adolescente, hablándole a nuestra conciencia, fue maestro urbano y maestro rural.


Gustavo A. Brandariz
Buenos Aires, 30 de junio de 2010