La conducta Cavendish, por Lázaro Covadlo desde Cataluña
Sigo viendo pasar el gato gris tras los cristales que separan mi estudio de el balcón. Nos miramos con fijeza un instante y luego él sigue su camino. Me pregunto si está investigando mi conducta. Puede que sea un gato explorador, yo lo fui alguna vez. Tal vez aún lo sea. Los humanos exploramos por diferentes motivos, entre los que no se descarta la búsqueda de la felicidad. En incontables ocasiones las gentes hacen y deshacen por simple afán de experimentar. Quizá la experimentación es, en sí misma, un motivo de felicidad. Mis pensamientos me llevan a Henry Cavendish, que nació el 10 de octubre de 1731 y murió el 24 de febrero de 1810. Aprovecho pues que no se cumple ninguna fecha redonda con respecto al sabio británico -esas que tanto menosprecia Enrique Vila-Matas- para escribir acerca de él. Quiero decir de Cavendish.En 1766, a la edad de 25 años, Cavendish presentó ante la Royal Society los primeros resultados obtenidos gracias a la reacción de un ácido sobre un metal. El producto de su experimento era un gas: el hidrógeno. Años después determinó la cohesión de variados gases y estableció la correspondencia entre las densidades del hidrógeno y el aire; descubrió también que el agua no es un elemento, y fijó la composición de la atmósfera al sintetizarla por combustión de hidrógeno en aire. Seguidamente experimentó con descargas eléctricas en mezclas de nitrógeno y oxígeno, y así fue como descubrió la composición del ácido nítrico y la existencia del gas noble argón. Sin embargo, el resultado de mayor importancia lo consiguió con el experimento que lleva su nombre, el cual se basa en el empleo de una balanza de torsión. De esta manera pudo calcular la fuerza de atracción entre las dos bolas situadas en ambos extremos.
Todos aquellos logros no debieran ocultar que fue uno de los fundadores de la moderna ciencia de la electricidad (propuso la ley de atracción entre cargas eléctricas, utilizó el concepto de potencial eléctrico, y determinó experimentalmente la constante gravitatoria, lo que posibilitó el cálculo de la densidad y la masa terrestres). Ahora bien, debe tenerse en cuenta que el sabio no solía contar con los instrumentos adecuados, por lo que para medir la fuerza de una corriente eléctrica no tenía más remedio que hacerlo de forma directa, sometiéndose a la corriente de la carga a fin de apreciar, por la intensidad del dolor, cuál era la potencia. Así y todo, llegó a vivir casi 80 años.
Hay personas que necesitan experimentar en carne propia. Es lo que se llama «Conducta Cavendish». Yo mismo, de pequeño, había tenido la ocurrencia de meter los dedos en el enchufe: 220 voltios de corriente alterna. No una sola vez. Volví a repetirlo en otro par de ocasiones. La tercera fue la vencida: quedé adherido al flujo eléctrico, que no quería soltarme, y si no hubiese sido arrancado por mi padre, con auxilio de un palo de escoba, no lo estaría contado. Conducta Cavendish.
www.covadlo.com