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Dr. Omar López Mato
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Recordando a Don Bernardo de Irigoyen, por Omar López Mato

El 27 de diciembre de 1906, moría una figura hoy olvidada de los argentinos, Don Bernardo de Irigoyen. Ese mismo año el destino nos privaba de otros tres actores ineludibles de la historia nacional. A diferencia de ellos, Don Bernardo no fue General, ni venció batalla alguna, tampoco cruzó sobre su pecho la banda presidencial. Don Bernardo de Irigoyen no poseyó las dotes literarias de Don Bartolo, ni su carisma contagioso. No tuvo tampoco el enérgico carácter del gringo Pellegrini, ni esa capacidad de mando que lo convirtió en Capitán de Tormentas. Menos aún ostentó el don de la elegancia que caracterizó a su opositor de tantos años, el flemático Dr. Quintana, abogado de ilustres que fascinaba a sus clientes extranjeros con el corte perfecto de sus trajes, y el parecido prolijamente cultivado a Eduardo VII.

Sin embargo el austero federal doblegó al aristocrático jurisconsulto en más de una oportunidad.

Como cuando Quintana tuvo la peregrina idea de reclamar ante el gobierno por sus clientes ingleses del Banco de Londres, amenazando con una cañonera al puerto de Rosario, o en la célebre interpelación que forzó la renuncia de Quintana, por entonces Ministro de Interior de Sáenz Peña.

No, don Bernardo no tenía una alocución que encendiera a las masas, ni era dueño de una fortuna colosal que le hubiese permitido ostentar sus millones como cualquier rastra cueros en París, incurriendo en despilfarros contrarios a su naturaleza.

Tampoco perteneció a un solo partido. Su pasado Rosista le cerró muchas puertas, aunque su único pecado fue componer una arrebatada “Canción Federal”, en homenaje a Manuelita, donde alababa la figura del Restaurador, victorioso sobre los franceses y en la que proclamaba, “Unitarios mancharon la historia”. Esos mismos que recurrieron al oro extranjero, para tratar de imponer sus ideas, jamás le perdonaron esa licencia poética. Con él comenzó una vieja costumbre nacional de enrostrar conductas juveniles a los enemigos políticos, negando así toda posibilidad de cambio o evolución. A pesar de su pasado mazorquero fue ministro de Avellaneda –hijo del mártir de Metán, cuando éste debió afrontar los acuciantes conflictos fronterizos. Al mismo Don Bernardo debió recurrir Roca cuando arreciaron los reclamos chilenos por los límites cordilleranos. En él pensó Mitre, cuando ya con años y experiencia a cuestas, lo quiso de compañero de formula para ser elegido una vez más presidente. Irigoyen apoyó a Alem y a su sobrino Hipólito en las gloriosas jornadas de 1890, y fue Don Bernardo quien despidió los restos de Alem, después que éste llegara muerto al Club del Progreso, víctima de lo que llamaba deslealtades de sus correligionarios.

Sin embargo no fueron estos cambios signos de inconsistencia sino de inteligente adaptación a los tiempos que corrían, pensado en una Argentina que evolucionaba a un ritmo alucinante. Su perspicacia le permitió ser un personaje ineludible de la política argentina a lo largo de 50 años. Don Bernardo fue siempre un conservador, en el sentido más amplio de la palabra, de ideas respetuosas al espíritu liberal (en el buen sentido de la palabra). Su temor al desorden y a la anarquía lo hacían desconfiar de todo cambio vertiginoso, inspirado en la convicción que la evolución pacífica y paulatina era la mejor forma de sanear los vicios del sistema, sin incurrir en alocadas pasiones o espasmódicas reacciones.

A Don Bernardo le debemos la resolución de los problemas limítrofes de nuestra patria, sin haber caído en la tentación belicista a la que otros eran tan propensos. Dio forma a nuestra Nación sin haber derramado una gota de sangre, ni haber desperdiciado una juventud –como la que extraviáramos en los Esteros de Curupaití-. Él fue el gran Canciller de un país sin política exterior, que dio a la Argentina sus límites en paz y armonía.

Don Bernardo es el claro ejemplo de la evolución natural de las ideologías sin la necesidad de estúpidos revanchismos que nos atan a un pasado irremediable. Bernardo de Irigoyen es un ejemplo preclaro para esta Argentina sin rumbo; un prohombre que espera el debido reconocimiento de una Nación.

Omar López Mato
21/11/2006 15:21