Director: Bartolomé Tiscornia | Martes 7 de Septiembre de 2010
Busqueda en el sitio





Alfredo Vítolo
Columnas anteriores


A 70 años del asesinato de Trotsky, por Guillermo Almeyra

Isaac Newton: ¡También era científico!, por Jorge de Hegedüs

Soren Kierkegaard... el nacimiento del existencialismo, por Roberto Glina

1979 Karl Popper, el frustrado maestro rural, por Gustavo A. Brandariz

Nietzsche, la cultura alemana y la leyenda de los alciones, por Roberto Glina

Una curiosidad artística: el “Moisés” de Miguel Ángel, por Jorge de Hegedüs

Aristóteles, la prudencia y el colesterol, por Roberto Glina

Edgard Morin: la complejidad del pensamiento en la construcción de las competencias profesionales universitarias, por Roberto Glina

Piedrabuena, el Campeador de las borrascas, por José Luis Muñoz Azpiri (h)

Ernesto Tornquist (1842-1908). Escenario y circunstancias, por Lucía Gálvez

| 1 | Next

Alfredo Vitolo, por Emilio Weinschelbaum

ALFREDO VITOLO
1938-2006



Palabras pronunciadas por el doctor Emilio Weinschelbaum, vicepresidente del Club del Progreso, al despedir a nuestro gran amigo y colaborador de este web site.

Muchos años de amistad me han unido a Alfredo, pero no tantos como los que habría querido. Me habría gustado conocerlo antes de 1985 cuando nos encontramos en el Consejo para la Consolidación de la Democracia y me habría gustado que hubiésemos podido seguir gozando de la amistad todavía muchos años más.
Pero ocurre que todo lo que tiene fin es breve. Me habría gustado ser su amigo desde cuando comenzó su vida política como estudiante reformista en Córdoba y compartir con él la alegría de verlo electo secretario general del Centro de Estudiantes de Derecho. Me perdí la amistad de la juventud, pero pude gozar mucho la de la madurez. Ya siendo grandes los dos pude apreciar su enorme calidad humana, su capacidad de lucha, la profundidad de sus análisis políticos, la lucidez de su pensamiento, el calor de su amistad, y su extraordinario humor.
Fue un gran radical que supo pasar por el desarrollismo y volver al partido de origen. Y como buen radical sabía tomar con humor ciertas características que le permitían reírse sanamente de sí mismo y de los correligionarios cuando decía, por ejemplo, que para un radical es más importante ganar la interna en Lomas de Zamora que ser designado Ministro de Relaciones Exteriores. O cuando se refería a la doctrina radical como la interpretación razonada de los silencios de Yrigoyen. Ese mismo Vítolo que se transformaba rápidamente en el centro de las reuniones de amigos por su simpatía, su amable locuacidad, y su inteligencia, fue también el que trabajó por la República, enriqueciéndola con sus aportes.
Desde el Consejo para la Consolidación de la Democracia contribuyó con sus conocimientos y su voluntad de trabajo al estudio de los temas constitucionales, al del presidencialismo y a su necesidad de atenuación; elaboró proyectos sobre la parte doctrinaria de la constitución nacional y, entre otros, sobre la reforma laboral para la transformación económica. Realizó trabajos de investigación muy importantes sobre las amnistías políticas argentinas; sobre los problemas de la política argentina y sobre teoría y práctica de la democracia argentina. Y me estoy refiriendo sólo algunas de sus publicaciones y sus libros. Me quedan sin nombrar sus innumerables artículos periodísticos esclarecedores.
Aportó su enorme experiencia cuando fue designado representante del Poder Ejecutivo en el Consejo de la Magistratura del Poder Judicial de la Nación. Esa etapa del Consejo fue tal vez la más difícil. Se empezó de la nada y hubo que crearlo todo.

Pero además, enalteció la política con su conducta y como corresponde a todo político de ley, entregó sus mayores energías a la lucha y a la defensa de sus ideales.
Así, mientras enriquecía al país con sus aportes él se empobrecía. Descuidaba su actividad profesional. Esta actividad, había sido muy seria y exitosa, le había permitido un buen nivel de vida. Pero terminó pobre, aunque dejando una gran riqueza a su familia, a todos los que lo rodeaban, al partido y al país con el ejemplo de su vida.
Es muy difícil despedir así a un amigo y siempre parece injusta la muerte. Lamentablemente es un misterio que escapa a nuestra comprensión, por lo menos a la mía que soy un agnóstico.
Tal vez también lo había sido Alfredo, pero en los últimos tiempos sintió la llegada de la fe y fue tan sincero en su cierto agnosticismo como en su fe. Tuvo en Cristina, su querida mujer, un gran apoyo, y fue quien más influyó en esta fe. Sus hijos llevarán consigo un recuerdo imborrable, que, estoy seguro los ayudará a vivir. Sus nietos no podrán olvidar sus sonrisas de despedida de los últimos días, cuando con el resto de su fuerza les dedicaba una palabra de cariño.
Si Dios existe, estoy seguro que lo va a recibir con todos los honores.
Adiós querido Alfredo.