Recordando a Ricardo Rojo: una historia de lucha y soledad (cont.), por José Miguel Amiune
En México sus caminos y los del Che Guevara se bifurcan. Ricardo insiste en la política y Guevara en la lucha armada, uno se define como político, el otro como combatiente.
En 1955, Ricardo Rojo llega a Nueva York, donde se incorpora a un postgrado en Columbia University sobre Políticas en América Latina, en la cátedra del Profesor Frank Tannenbaum. Allí conoce y traba amistad con los hombres de la generación fundadora de Naciones Unidas, entre las que se encuentran destacadas figuras de América Latina como Raúl Prebisch, José María Ruda, Benjamín Hopenhayn, Aldo Ferrer, Eduardo Albertal y Adolfo Dorfman, entre otros.
Después de la caída de Perón vuelve a la Argentina y se reincorpora a la UCR. Frondizi había asumido el liderazgo de Intransigencia y Renovación y le solicita una política de intenso diálogo con el peronismo, que había pasado a ser el gran proscrito de la política argentina. Ahora, los perseguidos estaban de ese lado.
Haciendo honor a su trayectoria en defensa de los derechos constitucionales y civiles, les tiende una mano a los que, hasta ayer, eran sus perseguidores.
Ricardo Rojo fue siempre un hombre de “unidad nacional”, de diálogo amplio, apegado a la ley y las instituciones. Su única intransigencia fue con el fraude y las dictaduras. No sucumbió jamás a la tentación de las armas, no se convirtió al marxismo, ni a la violencia foquista. Prefirió el camino largo y difícil y siguió fielmente la prolongada marcha del pueblo argentino hacia la democracia. Participó de todos los pactos para restablecer la soberanía popular, sin que le temblara el pulso. Sabía que la Argentina se forjó en base a “los pactos preexistentes” y fue una Nación en base al cumplimiento de esos pactos.
Por eso, frente a la soberbia proscriptora, colabora en tender un puente hacia el peronismo que culminará con el acuerdo Perón-Frondizi. Para ello recorre las cárceles visitando a los líderes peronistas, asumiendo la defensa de sus derechos civiles y reivindicando todo lo bueno que había tenido el peronismo como fenómeno económico y social.
Luego, le toca vivir la descomposición y caída del gobierno de Frondizi, que iniciaría la etapa más trágica de la historia argentina del siglo XX.
En 1962, Ricardo Rojo es ya un militante sin partido que se incorpora a la Comisión de Abogados de la CGT (1963-64) y, luego, de la CGT de los Argentinos (1966-68). En todos sus años de defensor de perseguidos políticos y gremiales, desde 1948, jamás cobró honorarios ni fue abogado rentado de ninguna organización gremial.
Vuelven las cárceles y los exilios. Primero en 1963, durante el interinato de Guido, es puesto a disposición del PEN por órdenes del Ministro del Interior General Rauch. Luego, durante la dictadura de Onganía, queda detenido en Caseros a disposición del PEN y opta por salir del país. Corre el año 1969 y Ricardo Rojo se exila en París.
Por aquel entonces, retoma una relación con Perón que había iniciado en 1960, visitándolo en el departamento del 2°Piso de la calle Arce N°11. Ahora lo visita innumerables veces en la Quinta 17 de Octubre y mantiene una nutrida correspondencia epistolar con el viejo general.
En Setiembre de 1969 llega a París el General Pedro Eugenio Aramburu, quien advertía el agotamiento de la llamada “Revolución Argentina” -que depusiera al gobierno constitucional de Arturo Illia- y buscaba una salida democrática para el país. Aramburu había aprendido que no se podía gobernar proscribiendo al peronismo y que el país necesitaba una tregua de diálogo, de comprensión, de análisis y no de represión. Una de las llaves de esa tregua era Perón.
Se entrevista con Ricardo Rojo y en una conversación franca y cordial le propone que hable con Perón, para que apoye la salida de la dictadura y la tregua. Otra vez, como en 1957, entre Perón y Frondizi; en 1969, Ricardo es el hombre de la reconciliación, del diálogo, de la negociación entre dos viejos oponentes que entienden que sin unión nacional no hay salida. Le escribe a Perón y éste le contesta aceptando la propuesta de su antiguo rival. El acuerdo se frustra por el asesinato del General Aramburu y el país comienza a caminar por la antesala del horror y la indignidad, de la violencia y el crimen, que ya comienza a mostrar su cabeza de hidra.
Lo que vino después es historia conocida. Ricardo Rojo presenció el desfile del horror con esa rara mezcla de conciencia e ingenuidad que le era característica, tal vez, porque era, como decía Jorge Sábato, “un gordo de alma”.
A finales de 1975 comienza su tercer y último exilio que lo llevaría de 1976 a 1980 a Caracas y de 1980 a 1984 a Madrid. En Caracas se reencuentra con Gonzalo Barrios, Ministro del Interior, y conoce a Carlos Andrés Perez, Presidente de la República. En Madrid entabla una estrecha amistad con Felipe González y otros dirigentes del PSOE. En ambos países fue Secretario de la Comisión Argentina en el Exilio y, de hecho, protector de cuanto argentino sin techo y sin trabajo recalaba por esas latitudes.
Desde España, en 1983, apoyó la candidatura de Raúl Alfonsín a la Presidencia de la República como la mejor garantía para el restablecimiento de la democracia en la Argentina. En 1984, siendo éste Presidente, retorna al país y mantiene, obstinadamente, su lejanía del poder y los cargos públicos. Sus cartas a Alfonsín, de quien se sentía amigo, dan testimonio de su franqueza para expresar el disenso y la defensa insobornable de su independencia de opinión.
Murió el 2 de febrero de 1996 en esta Buenos Aires que lo vio recorrer sus calles, buscando esos ideales que conservó, como pocos, desde su época de “fubista”. Murió entero, como vivió. Despojado de la sensualidad que provocan el dinero y el poder, generoso, honrado, bueno en suma.
Ricardo Rojo murió siendo un disidente, soñando con un país reconciliado, sin antinomias insuperables. Tal vez, en su figura emblemática y querible, podamos rendir homenaje a una generación que dejó ejemplos humanos con valor de paradigma moral, para una juventud que deambula desorientada y perpleja por este melancólico nuevo siglo.
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