Director: Bartolomé Tiscornia | Jueves 9 de Septiembre de 2010
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Joseph Bochenski, O.P., por Mario Bunge

Joseph M. Bochenski, O.P. (1902 – 1995) fue filósofo, historiador de la lógica, teólogo y sovietólogo. Fue notable sobre todo porque, siendo un fraile domínico, y por lo tanto guardián profesional del dogma católico, tuvo el coraje de intentar renovar la fosilizada filosofía católica inyectándole una fuerte dosis de lógica matemática y otra de análisis filosófico.

Bochenski fue un racionalista apasionado, capaz de discutir larga y coherentemente con cualquiera sobre cualquier asunto, académico o social. Se le hizo fama de reaccionario por haber fundado un centro de estudios y una revista de sovietología crítica. Pero me consta que, aunque conservador, no era reaccionario. Desde luego, era antiestalinista y además no creía en la democracia ni en el feminismo. Al fin y al cabo, era hombre de la Iglesia.

Pero Bochenski fue antifascista en una época en que la Iglesia apoyaba entusiastamente a todos los regímenes fascistas en todas partes del mundo. Además, no aplaudió automáticamente todas las medidas que adoptaron los nuevos gobernantes de Europa Oriental después del desmoronamiento del imperio comunista en 1989. Por ejemplo, en 1990 me dijo que era un escándalo que el ministro polaco de finanzas fuera monetarista, ya que el monetarismo garantiza la desocupación masiva.

He tenido la suerte de dialogar muchas veces con Bochenski en el transcurso de tres décadas y en cuatro países diferentes. Nos conocimos personalmente en 1960 en la Universidad de Stanford durante un congreso internacional de lógica, metodología y filosofía de la ciencia. (Yo conocía, por supuesto, algunas de sus obras, y él sabía de mi existencia a través del argentino Ignacio Angelelli, hoy profesor en Texas, a quien yo había ayudado para que fuese a Suiza a estudiar con él.) Él y P. Stanislas Dockx, domínico flamenco dedicado a la filosofía de la ciencia, eran los únicos congresistas de sotana negra. Bochenski se destacaba por su saber enciclopédico, brillantez, ademán autoritario, sociabilidad, y sentido del humor.

En aquella ocasión me contó cómo fue a parar a la filosofía. Era hijo de pobres y prolíficos campesinos polacos. Le gustaba estudiar pero, en la Polonia de entonces, la universidad sólo era accesible a los hijos de ricos. La única posibilidad que tenía un joven humilde de cursar estudios superiores era ingresando en un seminario religioso.

En el seminario, Bochenski se familiarizó con la filosofía tomista, versión cristiana del aristotelismo, y que en 1870 había sido declarada la filosofía oficial de la Iglesia. Sin embargo, al seminario llegaban ecos de las investigaciones lógicas de la famosa escuela polaca en la que brillaban Alfred Tarski y otros. Bochenski las estudió y decidió dedicarse a al lógica y a la historia de la lógica. Pronto perdió el respeto por el neotomismo (aunque no por Tomás de Aquino).

Aunque Bochenski respetaba a Husserl, el creador de la fenomenología y padrino espiritual de Heidegger, no estimaba a los fenomenólogos ortodoxos, y despreciaba a los existencialistas. Dicho sea de paso, me contó que tampoco tenía gran aprecio por el Papa Juan Pablo II, autor de trabajos fenomenológicos, por considerarlo mal filósofo.

Poco antes de la Segunda Guerra Mundial, Bochenski se expatrió a Friburgo, encantadora ciudad suiza medio francófona y medio germanófona. Cuando los aliados desembarcaron en el sur de Italia, Bochenski sirvió de capellán en el Ejército Polaco Libre, que se distinguió en la toma (y destrucción parcial) del enorme monasterio medieval fortificado de Montecasino. Supongo que esa fue la principal aventura mundana del Padre Bochenski. Tanto le marcó, que en una ocasión me declaró que lo mejor del hombre se manifiesta en la guerra. Esta afirmación (que ya habían hecho Nietzsche y Mussolini) me chocó, sobre todo por provenir de un cristiano. No es difícil imaginar un Obispo Bochenski enrolado en una orden monástica guerrera medieval como la de San Benito de Alcántara.

Exitoso empresario cultural, Bochenski obtuvo el apoyo financiero del presidente alemán Honrad Adenauer para fundar un instituto y una revista de sovietología en la Universidad de Friburgo. Allí reunió a un grupo de jóvenes filósofos y politólogos que produjeron una gran cantidad de libros y artículos, más o menos objetivos, sobre una multitud de aspectos de la vida en la URSS. En 1966, cuando yo trabajaba en Friburgo, la ciudad alemana hermana de la suiza del mismo nombre, Bochenski me envió a dos jóvenes epistemólogos alemanes, Fredrich Rapp y Meter Kirschenman. Un tiempo después Kirchenman, hoy profesor en Ámsterdam, pasó un año conmigo en Montreal. Rapp es profesor en Berlín.

En 1973 nos encontramos en su ciudad adoptiva durante un coloquio sobre ciencia y metafísica que organicé por cuenta de la Academia Internacional de Filosofía de la Ciencia. La foto que nos tomó el físico norteamericano John A. Wheeler (el maestro de Richard Feynman) muestra a Bochenski vistiendo el elegante hábito albo de su Orden. En esa reunión, Bochenski propuso distinguir la ontología, que yo llamo ciencia general, de la metafísica, que se ocuparía no sólo de lo mundano sino también de lo sobrenatural. En este punto no coincidimos.

Para mí, el episodio más memorable en ese encuentro ocurrió la noche en que le presenté al filósofo Guenther Groeber, de Alemania Oriental, único representante del marxismo en aquel coloquio. Bochenski nos invitó a ambos a dar un paseo en su automóvil por las serranías del altiplano bernés. Yo acepté confiado porque sabía que Bochenski era un hábil volante y aviador, y porque su pequeño coche Austin parecía inofensivo. Lo que yo no sospechaba era que, cuando su Orden le prohibió seguir conduciendo autos de carrera, Bochenski hizo equipar a su mini con un supercargador. El hecho es que nos hizo conocer las serranías de noche a una velocidad promedio de 150 kilómetros por hora por caminos serpenteantes y a menudo al borde de precipicios. Al cabo de una hora escalofriante hicimos un alto en una posada para beber un trago. Bochenski y Kroeber aprovecharon la oportunidad para intercambiar divertidos chistes anticomunistas. El anticomunismo de Bochenski no era visceral sino intelectual.

Unos años después, mi amigo se las ingenió para hacerse de un Mercedes 480 que, aunque no es un auto de deporte, puede correr a 200 kilómetros por hora. Cuando le reproché que se comportaba como un playboy, y que constituía un peligro público, se rió. Le gustaba épater le bourgeois. Como la vez que, siendo rector de su universidad, incitó a los estudiantes a declararse en huelga reclamando la construcción de un comedor universitario (que por cierto se hizo y muy bien, o sea, a la suiza). ¿Por qué desafiaba Bochenski ciertas convenciones sociales? ¿Porque no había tenido infancia? ¿Por qué se sentía prisionero de una organización rigurosa? ¿Quién sabe?

Durante la guerra, Bochenski le había tomado el gusto a la vida peligrosa y, al acercarse a la setentona, aprendió a volar. En una ocasión, mientras almorzábamos juntos en la aldea austríaca de Kirchberg (donde Ludwing Wittgenstein había trabajado como maestro primario), le pregunté qué había sentido las primeras veces que había volado. “Terror, por supuesto”, contestó. Y enseguida agregó: “Esto se explica. Los hombres no descendemos de pájaros sino de peces. Por esto, los niños pequeños no le temen al agua y aprenden pronto a nadar”.

He ahí una explicación que hubiera deleitado a Charles Darwin. Pero ¿cómo se compagina con la doctrina católica? Desde 1953, la Iglesia Católica ha aceptado a regañadientes el hecho de la evolución biológica, aunque no el mecanismo puramente material y parcialmente aleatorio que supone y compraba la biología. En particular, la Iglesia no puede aceptar una explicación estrictamente biológica de la emergencia y evolución de las facultades mentales, especialmente de las emociones. ¿Cómo se las arreglaba Bochenski para que su Orden le tolerara semejante herejía?



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