Director: Bartolomé Tiscornia | Martes 7 de Septiembre de 2010
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Max Planck, Autobiografía Científica

Lo universalmente válido es lo absoluto. Lo invariante.
Mi decisión original de dedicarme a la ciencia nació del descubrimiento que hice cuando aún era adolecente - y que nunca dejó de inspirarme entusiasmo desde entonces - al comprender el hecho evidente de que las leyes del razonamiento humano coinciden con las leyes que rigen las sensaciones que recibimos del mundo que nos rodea y, en virtud de ello, que el razonamiento puro puede permitir al hombre formarse una imagen del mismo. En este sentido, es de fundamental importancia que el mundo exterior sea independiente del hombre, algo absoluto, y, para mi la búsqueda de las leyes aplicables a este absoluto representa la más sublime de las tareas científicas.

Estas consideraciones fueron corroboradas y ampliadas con la excelente instrucción que recibí durante muchos años en el Maximilian-Gymnasium, en Münich, de mi profesor de matemáticas, Hermann Müller, hombre de edad madura, de gran inteligencia y sentido del humor, hábil en el arte de lograr que sus alumnos se formaran una idea y entendieran el significado de las leyes físicas.

Mi mente captó con avidez, como una revelación, la primera ley cuya validez universal absoluta me era conocida, independientemente de toda intervención humana: el principio de la conservación de la energía. Nunca olvidaré el relato que nos hizo Müller, como la mejor de sus anécdotas, aquella del albañil que con gran esfuerzo logra transportar un pesado bloque de piedra hasta el techo de una casa. El trabajo realizado no es vano; queda en el mismo bloque de piedra, y quizas durante muchos años siga incólumne y latente, hasta que posiblemente algún día éste se desprenda y caiga sobre la cabeza de un transeúnte.

Luego de graduarme en el Maximilian-Gymnasium ingresé a la Universidad, a la que asistí durante tres años en Münich y durante otro año en Berlín. Estudié física experimental y matemáticas; aún no habían sido incorporadas las cátedras ni las clases de física teórica. En Münich asistí a los cursos del físico Ph. von Jolly y de los matemáticos Ludwig Seidel y Gustav Bauer. Mucho aprendí de estos tres maestros y guardo reverente recuerdo de su memoria. Pero solo cuando llegué a Berlín comprendí que, en asuntos relacionados con la ciencia, su importancia era local; y fue en Berlín donde mi horizonte científico se amplió considerablemente bajo la orientación de Hermann von Helmholtz y Gustav Kirchhoff, cuyos alumnos tenían toda clase de oportunidades para proseguir sus actividades, conocidas en todo el mundo.

Debo confesar que no saqué ningún beneficio perceptible de los cursos impartidos por ellos. Era evidente que Helmholtz jamás preparaba sus clases debidamente. Hablaba titubeando e interrumpía su disertación para buscar los datos necesarios en su pequeña libreta; mas aún, con frecuencia se equivocaba en los cálculos que hacía en el pizarrón y era obvio que la clase le aburría a él, casi tanto como a nosotros. Con el tiempo, sus clases fueron quedando cada vez mas desiertas, hasta que por último sólo asistían a ellas tres estudiantes, entre ellos yo y mi amigo Rudolf Lehmann-Filhés, quien posteriormente se hizo astrónomo.

Kirchhoff era el extremo opuesto. Sus clase eran cuidadosamente preparadas, cada frase estudiada y tenía una aplicacióm correcta. No faltaban ni sobraban las palabras; pero daban la impresión de un texto memorizado, carente de interés y monótono. Sentíamos admiración por él, pero no por lo que decía.

Por esas circunstancias, la única forma de satisfacer mis ansias de adquirir mayores conocimientos científicos fue la de estudiar por mi mismo los tópicos que me interesaban y, naturalmente, estos tópicos se referían al principio de la energía. Cierto día descubrí los tratados de Rudolf Clausius cuyo estilo brillante y claridad de razonamiento me impresionaron profundamente, y mi interes por sus artículos fue en aumento. Era de especial valor para mí la exactitud con que formuló las dos leyes de la termodinámica y la bien definida diferencia que él fue el primero en establecer entre ambas leyes. Hasta ese momento y como consecuencia de la hipótesis de que el calor desde una temperatura mas alta a una mas baja, era análoga a la de hacer descender un peso desde una posición mas alta a una inferior; y no era facil eliminar esta opinión errónea.

Clausius basó su demostración de la segunda ley de la termodinámica en la hipótesis de que "el calor no pasa espontaneamente de un cuerpo más frío a otro más caliente". Pero esta hipótesis necesita una explicación aclaratoria, porque no sólo intenta expresar que el calor no pasa directamente de un cuerpo más frío a otro más caliente, sino tambien que es imposible transmitir calor, por medio alguno, de un cuerpo más frío a otro más caliente, sin que ocurra en la naturaleza algún cambio que sirva como compensación.

En mi empeño por aclarar este punto todo lo posible, descubrí como expresar esta hipótesis en una forma que consideré más simple y convincente diciendo que: "El proceso de la conducción del calor no puede ser invertido completamente, en forma alguna". Lo que expresa lo mismo que dijo Clausius, sin necesidad de una explicación aclaratoria. A un proceso que de ninguna manera puede ser invertido completamente lo denominé proceso natural. El término adoptado en la actualidad universalmente es el de irreversible.

Sin embargo, parece imposible eliminar un error que tiene su origen en una interpretación demasiado estrecha de la ley de Clausius y contra el cual luché empeñosamente durante toda mi vida. Aún hoy comprobamos con frecuencia que la irreversibilidad, en vez de tener la definición que acabo de mencionar, es definida así: "Un proceso irreversible es aquel que no puede ocurrir en sentido opuesto". Esta formulación es insuficiente, puesto que es dable concebir un proceso que no puede ocurrir en sentido opuesto, pero que en alguna forma sí puede ser invertido completamente.

Como el problema de si un proceso es reversible o irreversible solo depende de la naturaleza de su estado inicial y de su estado final, y no de la manera como se desarrolla; entonces, en el caso de un proceso irreversible, el estado final es, en cierto modo, más importante que el inicial - como si la naturaleza, por decirlo así, "prefiriera" el estado final al inicial. Descubrí una medida de esta "preferencia" en la entropía de Clausius y encontré el significado de la segunda ley de la termodinámica en el principio de que, en todo proceso natural crece la suma de las entropías de todos los cuerpos implicados en él. Estas ideas las expuse en mi tesis doctoral, en la Universidad de Münich, la que terminé en 1879.

Mi tesis no tuvo eco alguno sobre los físicos de aquellos tiempos. Ninguno de mis profesores de la Universidad comprendieron su contenido, como pude deducir de mis conversaciones con ellos. Es evidente que aprobaron mi tesis doctoral sólo porque conocían mis restantes actividades en el laboratorio físico y en el seminario de matemáticas. Pero no encontré ningún interés, y menos aprobación, entre los físicos que se ocupaban del problema. Es probable que Helmholtz ni siquiera haya leido mi trabajo. Kirchhoff expresamente desaprobó su contenido observando que el concepto de entropía, cuya magnitud solo podía ser medida mediante un proceso reversible, y que en consecuencia era definible, no debía se aplicado a los procesos irreversibles.. Con Clusius no pude ponerme en contacto; no contestó a mis cartas y no lo encontré cuando traté de verlo personalmente en su casa de Bonn. Mantuve correspondencia con Carl Neumann, de Leipzig, pero sin resultados fructuosos.

Sin embargo, debido a la gran importancia que yo le atribuía a la tarea que me había impuesto a mí mismo, tales experiencias no podían desanimarme para continuar mis estudios sobre la entropía que para mí era, despues de la energía, la propiedad mas importante de los sistemas físicos. Puesto que su valor máximo indica un estado de equilibrio, todas la leyes del equilibrio fisico y químico derivan del conocimiento de la entropía. Me dediqué a esto en detalle durante los años siguientes, en diversas investigaciones. Al principio en algunas que versaban sobre cambios en los estados físicos, que presenté para mi examen en Münich, en 1880, y posteriormente en estudios sobre las mezclas de gases. Todas mis investigaciones tuvieron resultados fructuosos. Pero, lamentablemente, como despues lo supe, los mismos teoremas habían sido obtenidos antes, y en cierto modo en forma aún más universal, por el gran físico teórico norteamericano, Josiah Willar Gibbs, y así fue como en este campo no logré ningún mérito.

Cuando era instructor en Münich, durante muchos años esperé en vano que se me asignara una cátedra. Naturalmente que eran muy pocas mis posibilidades para lograrlo porque la física teórica aún no era considerada como una disciplina especial. Mi deseo de obtener renombre en el campo científico se hizo mas vehemente.



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