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Lucía Gálvez
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9 de Julio de 1816. Confusión y esperanza, por Lucía Gálvez

Palabras de Lucía Gálvez durante la fiesta de conmemoración de la Independencia nacional en el Club del Progreso

En Julio de 1816 la revolución iniciada el 25 de mayo parecía agonizar. Todo el Perú, Chile y Quito se hallaban bajo dominio español y el Alto Perú estaba a punto de caer a pesar del esfuerzo constante de las guerrillas. El general Morillo había tomado el Virreinato de Santa Fe y la Capitanía General de Venezuela; Bolívar había tenido que retirarse a Jamaica, y en Méjico las fuerzas reales habían derrotado a los insurgentes. Sólo el actual territorio argentino permanecía defendiendo la causa revolucionaria a pesar de estar rodeado de amenazas: por el norte, los ejércitos realistas acechaban para terminar de sojuzgar al heroico pueblo altoperuano sofocando los continuos levantamientos, los portugueses ocupaban la Banda Oriental y había tomado Montevideo, y por el oeste amenazaba el peligro de un ejército más numeroso que el que San Martín preparaba en Mendoza. Por otra parte, el otrora arrogante Ejército del Norte, casi abandonado por el Gobierno, dormitaba en Tucumán, con sus tropas inactivas “hambrientas y sin paga”. En esas circunstancias, convocar un Congreso para declarar la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata parecía el sueño de un iluso.

Afortunadamente eran varios los ilusos que estaban decididos a hacerlo con el convencimiento de que la razón estaba de su parte. Muchos, entre ellos San Martín, Belgrano y Güemes tenían una visión continental y comprendían que, para conseguir la independencia y conservarla, era necesario que las “Provincias Unidas del Río de la Plata” estuvieran realmente unidas y que sus representantes dejaran a un lado sus localismos para sentirse parte de un todo, inquietudes que hacían suyas las logias de tipo masónico que actuaban en toda América.

Finalmente los espíritus con visión de futuro vencieron a los pusilánimes y a principios de 1816 comenzaron a llegar a Tucumán los diputados de las provincias. Arribeños y abajeños, cuyanos o del litoral. Llegaban cubiertos del polvo de los caminos después de largas jornadas en traqueteantes diligencias, de malas noches en míseras postas; por llanuras eternas o en caravanas de mulas que desafiaban precipicios, punas y quebradas... Algunos venían de provincias en guerra, apenas con lo necesario para llegar a destino, pero todos eran conscientes de la gravedad de su misión y estaban convencidos de que “Dios, el honor y la patria valían más que la vida o la fortuna.”

Muchos se conocían de las universidades de Córdoba, Charcas o Salamanca, donde habían leido con interés las teorías del jesuita a Francisco Suarez respecto al poder que va de Dios al pueblo y de éste al gobierno, y habían mantenido copiosa correspondencia entre ellos sobre los grandes temas que los preocupaban: libertad para individuos e instituciones, igualdad ante las leyes y las oportunidades y fraternidad para construir una sociedad equitativa.

Los encuentros fueron emotivos y hubo quienes quedaron conversando hasta altas horas. Había muchos problemas que resolver, muchos temas que tratar Uno de los más discutidos en esos días, dentro y fuera del Congreso, fue la forma de gobierno que convenía a las Provincias Unidas.

El seis de julio, según el Acta de la sesión secreta, Belgrano tomó la palabra para defender la idea de una monarquía constitucional. En el Congreso reunido en Viena en 1815 ya no se hablaba de repúblicas sino de monarquías “atemperadas” Conforme a estos principios, en su concepto la forma de gobierno más conveniente sería la de una monarquía constitucional o atemperada. Europa volvía a inclinarse ante las “testas coronadas”, después de haber hecho rodar varias de ellas durante la Revolución Francesa. Lo novedoso de la propuesta de Belgrano era dejar de lado a los príncipes europeos y elegir como candidato a reinar en las Provincias Unidas un descendiente de los Incas a quienes los españoles habían arrebatado la soberanía trescientos años atrás. Güemes apoyaba con entusiasmo el proyecto y otro tanto hacía San Martín desde Cuyo comentando en carta a Laprida “lo admirable que me parece el plan de un Inca a la cabeza” Varios diputados norteños se pronunciaron por la unidad de las Provincias del Río de la Plata, Chile y Perú, bajo el signo del Incario. En cambio el litoral, por tradición federal y republicano, veía absurda la propuesta. En Buenos Aires, los periódicos se hacían cruces de que alguien pudiera pensar en restituir una dinastía que, habiendo dejado de existir hacía mas de trescientos años “apenas ha dejado algunos vástagos sin poder, sin opinión y sin riquezas.”.
El 9 de julio de 1816, ante un horizonte cargado de amenazas, el Virreinato del Río de la Plata dejó de ser un territorio insurrecto frente a la Metrópoli para convertirse en un nuevo país que defendía su libertad. Esa noche se dejaron a un lado carpetas y papeles para dedicarse a conversar, bailar y hacer música con las jóvenes tucumanas. Era el comienzo de un largo camino. Para llegar al orden constitucional, fueron necesarios años de locas y violentas guerras civiles que desangraron a los pueblos americanos. Si bien Rosas evitó la anarquía y una posible “libanización” del territorio argentino además de mantener una firme política exterior, el régimen se había convertido en algo fosilizado y anacrónico. Si la Argentina quería marchar al mismo paso que las grandes naciones había que cambiar muchas cosas, entre ellas el individualismo, el personalismo y la intolerancia. Era necesario llegar a un acuerdo entre las elites que soñaban echar las bases para el nuevo país. El grupo de vecinos porteños que se reunió poco después de Caseros convocado por Diego de Alvear para fundar el Club del Progreso” estaba convencido de que había llegado el momento de poner en práctica las ideas de la generación del 37: Seguridad, Orden y libertad de cultos para atraer a la inmigración y vivir en paz. “¡Gobernar es poblar!”, gritaba Alberdi “Queremos la Constitución pero que no sea para un desierto.” “¡Eduquemos al soberano!”, urgía Sarmiento, ¡Escuelas, educación y más educación!” Sus ideas, puestas en práctica por Urquiza y Mitre, Roca, Avellaneda y Pellegrini llevaron al país a su mejor momento en poco mas de 50 años. Quienes se reunían en el Club del Progreso fueron testigos y protagonistas de la Historia
Han pasado casi 200 años. Este nueve de julio del 2010 nos encuentra un poco mas viejos y escépticos. Algunos se preguntan si corresponde festejar mientras la corrupción, la mentira y la desfachatez impiden el avance de la educación, la salud y la seguridad bajándonos en rápido descenso del puesto que teníamos entre las naciones de la Tierra Sin embargo existe una Argentina profunda que se opone a la piquetera violenta y corrupta y esa Argentina tiene derecho a festejar los orígenes de su grandeza. Queremos un país próspera pero con mas equidad y justicia. Para lograrlo necesitamos la unión de todos los hombres y mujeres de “buena voluntad” que tengan los mismos ideales que alimentaron a nuestros próceres En este aniversario de la Independencia festejamos la esperanza. Dios quiera que la cordura prime por sobre la insensatez para que los argentinos podamos unirnos y nuestras instituciones refuercen sus principios republicanos por los cuales tanto trabajaron nuestros ancestros.

Lucía Gálvez
8 de julio de 2010