Amanece, que no es poco, por Maria Eugenia Lascano Quintana
Mis pies helados despiertan a Gustavo. Intento calentarlos entre sus tobillos. “Tendrás fiebre?” sugiere. Pone su mano sobre mi frente y me abraza. Un ruido hondo termina de despertarnos, mientras la cama comienza a sacudirse. Sin hablar, saltamos fuera. El va delante mío y yo apenas puedo seguirlo. Mis pies casi no se sueltan del piso, que se levanta con cada paso que doy. Las paredes se inclinan. Llegamos a la pieza de Azul con dificultad. Su pequeña voz me cuenta que se despertó, mientras Gustavo logra rescatar a Zoe de algún sueño profundo. Cuesta mantenerse en pie. Un reflejo lleva mi mano al interruptor, aún cuando la ciudad se muestra oscura, a través de los gigantescos ventanales. El marco de la puerta se queja y rechina. Mi cuerpo erguido se vacía. Gustavo se encarga de mis hijas, sé que las abraza, sé que las cuida y supongo que algo murmura en sus soñolientos oídos. El edificio y Azul gritan. Y su llanto se mezcla con otros alaridos. Los vidrios estallan. Las paredes se lastiman. Los placares vomitan: cajas, papeles, juguetes, ropa. A lo lejos siento bombas de platos y copas. Los cuadros salen expulsados, los muebles corren sin tener de dónde afirmarse. Apenas consigo sostenerme en pie, aún ausente. Mi mente vaga en frases de periódicos, que explican lo vivido. No rezo, porque olvidé toda plegaria. Sólo me entrego al final. Tantas veces me he sentido cerca de la muerte, en los últimos dos años, que siento que podría aceptarla para mí, pero lo lamento profundamente por mis hijas que tuvieron una vida corta. Me arrepiento de estar aquí, de vivir en Chile, lejos de mi gente, sin raíces. Pido perdón, en silencio, a todos los que sufrirán con la pérdida, por haber tomado la decisión que hoy, ocho años después, nos costó la vida. Imágenes de caídas en picada de alguna película de avión llegan a mezclarse con las sombras que miro, de reojo, en la habitación. Un gigante cae desplomado cerca nuestro y el televisor se lanza al vacío. En segundos, el vaivén violento del edificio parece cesar y yo aprovecho un hilo de voz, que sale a encontrarse con Gustavo y a sugerir que vayamos hasta la puerta de entrada.
Caminamos pisando restos de la guerra, con nuestros brazos extendidos para afirmarnos de los muros agrietados. Pronto el piso comienza a violentarse en un último y feroz sacudón que nos obliga a esperar el desenlace. Con la puerta ya abierta y la tímida luz del amanecer, veo el rostro aterrado de Azul. Sus ojos furiosos exigen una explicación mientras Zoe esconde su mirada absorta en el pelaje de su osito. Azul llora, Zoe calla. El palier se mueve flexible. El suelo se levanta en oleadas y la puerta de mi vecina se deforma. Recién ahí escucho la voz de Gustavo que promete que ya va a parar. Lo repite como un ruego. Lo repite para convencerse. “En cuanto pare, salimos en el auto” afirma. Mi voz volvió a esconderse y en cambio mis manos salen a hablarle a mis hijas, les dicen que allí estoy, con ellas, que no me iré y que pronto estaremos a salvo.
El silencio regresa a la madrugada del sábado 27 de febrero. Sólo 2 horas han pasado desde que nos acostamos, luego de un asado con amigos en lo de Irina. Un siglo, sin embargo, me separa del día de ayer, de mis vacaciones que concluyeron diez días antes, en una playa que, más tarde sabré, desapareció tragada por el mar. Gustavo corre a buscar las llaves del auto, mientras yo espío mi casa. Los cuadros en el piso son las víctimas fatales, y nosotros, únicos sobrevivientes del fin del mundo. Los edificios oscuros y vacíos no emiten sonido. Gustavo se demora y yo temo que la tierra siga viva. Le ruego que vuelva, le advierto que no hay tiempo. Nadie grita, nadie sale hacia las escaleras. Sólo nosotros, tomados de la mano, bajamos salteando escalones. Se oye el murmullo del agua que corre por los peldaños, bajo nuestros pies descalzos que perdieron los sentidos y solo quieren escapar.
La ciudad muerta tarda en reaccionar. La autopista vacía emite un alarido de silencio. Un rayo de luz azulina alumbra en espasmos, al llegar a la planta baja. El conserje corre desorientado. “Qué espanto” declaro ante él, que sostiene una linterna. “No fue para tanto” responde, sin criterio. Gustavo exige que le abran el portón y salta hacia el garaje en busca de nuestra salvación. “A dónde iremos?” le pregunto absorta. “Lejos de todo” responde desquiciado.
Azul todavía lamenta, con lágrimas eternas, no entender lo vivido. Ya no hay preguntas, solo un hondo pesar que brota de sus enormes ojos. Zoe aprieta más su osito y calma con sus manos, lo que puede de su hermana. Nuestras voces repiten que ya pasó.
“Vamos hacia el parque Bicentenario, que es un lugar bien abierto” concluimos.
Una vez allí, nos disponemos a ver desplomarse la ciudad. Somos casi los primeros en llegar, solo un grupo de adolescentes estaba allí desde antes del temblor. Apenas llegados, sus voces nos cuentan, sin querer, que la imagen fue espantosa, aunque admiten haber dudado de los efectos secundarios de aquellas cervezas que consumieron por demás.
Un mensaje de texto nos acerca a Ale y a María. Otro mensaje nos pregunta cómo estamos. Una nueva línea los invita a acompañarnos y la última frase, que le ganó al colapso de las líneas telefónicas, nos promete que llegarán muy pronto.
Su camioneta se acerca a nuestro refugio. Desde la ventanilla los vemos llegar. Sus caras aún conservan el miedo, atrapado en sus miradas que buscan alivio en la experiencia compartida. Nuestros ojos se gritan y se abrazan aún antes de poder acercarnos. Acomodamos los dos refugios en el estacionamiento del parque y nos acurrucamos todos en el mismo auto. Santiago está mudo y Josefina, algo excitada. María me toma el brazo y lo aprieta fuerte mientras con señas nos expresamos el horror y la desesperación que compartimos. La radio comienza a hablar de terremoto. Oímos que el epicentro fue en Concepción y pienso en la familia de María José. Ya se registra el primer muerto, por un paro cardíaco. Una alerta de tsunami, que se desmiente. La noche se desvanece con la claridad del nuevo día, que ignorando la catástrofe, llega con naturalidad. Se habla de daños, de derrumbes, de cortes de luz, palabras que calman, que estremecen, que contienen, que alarman, que dan consuelo. Voces que explican, que buscan causas, que organizan el caos, que piden ayuda.
Dos horas más tarde decidimos volver a casa, para buscar alimento, abrigo y revisar los daños.
Subimos por el ascensor nerviosos, en silencio. La puerta se abre despacio y el campo de batalla aparece regado de cuerpos. Cuadros, lámparas, floreros, adornos. Un grito de espanto nos despierta a la realidad. Nuestra casa está en el piso y las chicas miran los escombros con horror. Las paredes agrietadas, bloques de techo derrumbados. “Quédense en el living un ratito, juntamos abrigos, comida y nos vamos. Estén tranquilas” ordena Gustavo. Mi cuerpo tiembla entero. Mis manos heladas abren la puerta de mi dormitorio. Nada está en su lugar. Las mesas de luz desarmadas, las lámparas destruidas, la cama corrida, los adornos desparramados. Miro a Gustavo, desvalida y murmuro. “Qué fue esto? Qué espanto.” Tengo que recorrer mi casa. La cocina quedó exterminada. El suelo regado de vidrios, loza, comida, sangra con botellas de vino que han explotado como granadas. Los cajones abiertos, el horno flotando en el medio, las banquetas entrelazadas en el piso. Nada ha quedado en pie. Sigo a los dormitorios de las chicas. Miro y calculo el lugar donde resistimos en combate. El marco es pequeño. Abro el cuarto de Zoe y un gran bloque de cielo yace caído, bajo un hoyo gris en el techo. De pronto la tierra vuelve a temblar. Comienza despacio y pensamos que es nuestro recuerdo, hasta que nuevamente Azul da un grito alarmado que nos expulsa fugaz en un ultimo adiós. Supe al cerrar la puerta que no volvería. Supimos que no podríamos detener la ferocidad de la naturaleza, pero ciertamente sabíamos que no volveríamos a vivirlo entre esas cuatro paredes y a 10 pisos de altura.
Dicen que la tierra se moverá por un año, en replicas que buscan acomodar los cimientos. He leído que el terremoto del 27 fue uno de los 5 más fuertes de la historia y que movió el eje de la tierra. Escuché que varias ciudades se corrieron, inclusive Buenos Aires. Rezo porque sean ciertas las proyecciones que estiman en 100 años más la llegada de un nuevo terremoto con tanta intensidad. “Genial, estaremos todos muertos en 100 años”, festejó Azul con entusiasmo.