Muerte de Gardel, por Enrique F. Espina Rawson
Anticipo del libro de próxima aparición Archivo Gardel.
He leído todo, o casi todo lo que se escribió sobre la muerte de Gardel, y he escuchado cantidad de relatos de muchas personas sobre el tema.
Sé que la noticia al principio se difundió con incredulidad, y sé que cuando casi todo el mundo esperaba una desmentida, llegó la fatal confirmación. Era cierto, nomás. Sé que los diarios reventaron las primeras planas a cuerpo catástrofe, agotando las ediciones que la gente arrebataba en las esquinas.
Sé también que las orquestas que tocaban en los legendarios cafés de la calle Corrientes, suspendieron bruscamente sus interpretaciones, que los músicos bajaron del escenario y salieron a la calle, y que poco a poco comenzaron a cerrar espontáneamente todos los lugares públicos; esa noche no hubo bailes, ni restaurantes, ni bares, ni cines ni teatros ni nada. Se apagaron las luces de todas las marquesinas. El centro era una boca de lobo.
No existieron órdenes ni consignas para que la ciudad entera se sumiera en un silencio insoportable, nunca visto, un silencio espeso, casi tangible, de llanto y perplejidad.
Conozco infinidad de anécdotas impresionantes que conservo en mi memoria, muchas difundidas en revistas y diarios de esos días.
Si tuviera que elegir entre todas ellas, quizás una de las más impactantes sería la que protagonizó Armando Defino, su amigo, apoderado y albacea. En el preciso instante del accidente, Defino se aprestaba a firmar contrato en una suma fabulosa para la época, para la presentación de Gardel en Radio El Mundo, aún sin inaugurar, y que se anunciaba como la emisora más grande de Sudamérica. Mientras se ultimaban detalles del acto, que se realizaba ante periodistas y personal jerárquico, llegó la increíble noticia. Defino, desencajado, se despidió en silencio, y salió tambaleando a la calle, casi sin saber adonde ir…
Pero tal vez un relato anónimo, unas pocas palabras que escuché al pasar en un reportaje, me conmueven más, por su laconismo y sobriedad.
Era un hombre que recordó ese día en palabras muy sencillas, con voz apagada: “La gente salía a la calle y se miraba, ¿me entiende?...Se miraban…gente que no se conocía…se miraban a los ojos sin decir nada…”.