El mundillo intelectual de Cristóbal Colón*, por Ernesto Poblet
*Adelanto del libro "HISTORIA CON HUMOR Y MORALEJA - Argentina y América", de Ernesto Poblet.Alonso Sánchez de Huelva. Martín Behaim o Martín de Bohemia. Los Profetas. El Filósofo Catalán Don Ramón LLull. Dante Alighieri. El Error de Colón. Imago Mundi. Roger Bacon y Toscanelli.
Bullían en la cabeza de Colón dos culturas que a veces le afloraban mediante conflictos confusos que lo llevaron a cometer grandes aciertos y grandes errores. En ocasiones se mostraba entusiasmado por constituirse en un cruzado de la fe con la carga de fanatismo, crueldad e intolerancia que ello implicaba -o esclavista- al extremo de llenar las bodegas de sus barcos abarrotadas de indios para venderlos como novedosa mercancía en Europa. Era el hemisferio medieval de su pensamiento. Por otro lado aparecía el gran estratega que concibió la empresa megatérica de depararle al mundo de finales del siglo XV el encuentro insospechado con ese continente inmenso que se extendía de polo a polo como una muralla colosal. Era otro Colón. El modernista que supo acopiar los conocimientos vertiginosos que surgían de los escasos centros de estudio de la época. Los grandes filósofos, cosmógrafos, astrónomos, matemáticos, físicos, etc., incidieron en su formación visionaria. El Colón obstinado en encontrar el sponsor adecuado que le financiara la loca y peligrosa expedición hacia el Oeste de la Península. El que recorrió imperturbable tres de las más poderosas cortes regias de Europa y que no llegó a la de Francia por el oportuno llamado de Isabel La Católica. El astuto genovés -sospechado de ancestros catalanes judaizantes- que no trepidaría en mimetizarse de portugués, inglés, español o francés según quien le proporcionara los medios económicos. Hasta intentó el apoyo financiero de poderosos señores “privados” para su empresa. Así merodeó y frecuentó la casa del conde de Medinacelli mendigando su protección lo que sólo le sirvió para abrir ciertas puertas en la corte de los reyes, que no es poco. Lo mismo hizo con el duque de Medina-Sidonia que cortésmente se negó a la extraña aventura. Intentaremos indagar en el entorno intelectual de Colón, los libros y personajes que le influyeron, los sucesos que lo motivaron y un secreto calificado que lo ayudó a concebir su magno atrevimiento.
ALONSO SÁNCHEZ DE HUELVA (Yo no creo en los fantasmas pero que existen, EXISTEN…)
La apasionante historia de este ignoto andaluz podría llevar a cansar las pestañas de los investigadores. La verosimilitud de los acontecimientos que se narran en torno de este fantasma de la historia llevan a alimentar alguna certeza sobre su existencia. Lo que ocurre es que los datos son escasos y no hay posibilidad de ampliarlos. Aún desde el escenario de la mera hipótesis vale la pena creer que don Alonso Sánchez de Huelva alcanzó a conocer las costas de América unos diez años antes que Colón. El problema es llegar a comprobarlo del todo. ¡Y vaya si es un problema…!
Empezó esta historia de don Alonso como un simple cuento de marineros con todas las características de un chimento de comadres. Después ascendió a transformarse en La Historia del Piloto Perdido. Al comienzo el protagonista del “rumor” se llamaba a secas “Alonso Sánchez”. Con el tiempo pasó su nombre a españolizarse del todo agregándosele el apelativo “de Huelva” por ser natural de ese lugar. Pasado ya el medio milenio merecería conocérselo como “Don Alonso Sánchez de Huelva y del Edén”.
Don Alonso habría partido desde un puerto de Vizcaya rumbo a las costas británicas. Llevaba a bordo una tripulación de su mismo origen -naturales todos de la provincia andaluza de Huelva- dato no menor que otorga un algo de credibilidad al episodio. Al menos se conocen ciertos nombres que con posterioridad al hecho aportaron algunas manifestaciones testimoniales. El viaje de este navío fantasmal se alteró en un accidente brusco frente a las costas inglesas. Estas costas parecían destinadas a causarles sinsabores duros a los marinos españoles. El buquecito comercial quedó a la deriva y, según afirman los más calificados historiadores, a causa de un violentísimo temporal se le desarbolaron las jarcias, se partió en dos el timón y le inutilizó las áncoras. En esas condiciones debieron enfrentar las inclemencias del mar y la meteorología. ¿adónde los llevarían las corrientes y los vientos…?. Dependían de los caprichos del itinerario, de las limitaciones del agua potable y de los víveres a bordo. Sólo les quedaba esperar algún milagro. El que realmente ocurrió. ¿ Por efecto de la divinidad, la providencia, el destino, la magia o la casualidad…? ¿O todo junto?.
Navegaron a la fuerza o a la buena de Dios nuestros espectros por esos mares desconocidos durante doce o catorce semanas. Ya desfallecientes se estrellaron en los escollos del paraíso terrenal. Esta terminología no es una simple metáfora para otorgarle al relato un mayor dramatismo dantesco. Son las palabras que utilizó uno de los misteriosos sobrevivientes llamado Juan de Umbría y que no fue el único. Cayeron en esas tierras extrañas ya casi al borde de la agonía. Se encontraron con una vegetación exuberante, espléndidas aves coloridas y playas de arenas blancas y nativos extravagantes que los adoraban como a dioses. Que los ayudaron y trataron como jamás vieron a seres humanos prodigar tanta generosidad, bonhomía y alegría. Los rudos marinos andaluces se convencieron de su arribo al mismísimo edén que describe la biblia judeo-cristiana. Fue así que esos arcángeles desnudos les ayudaron a calafatear y reparar el barco, proveerse de agua dulce y víveres, para acercarse de regreso a los puertos de España.
A todo esto el capitán-piloto don Alonso Sánchez no cesó de trabajar intensamente desde que salió despedido con violencia de las costas británicas en su navegación a la deriva hasta el “paraíso” y de vuelta en busca de las costas de Africa o Europa. Reconstruir y dibujar cartas marinas fue su obsesión enfermiza. No dejó estrella sin observar, cálculos sin hacer, captó las señales que pudo y cuanto elemento le ofreciera la naturaleza lo registró en sus cuadernos. Cuadernos que nunca se conocieron y parecieron destinados a un solo destinatario que se encargó de escondérselos a la historia y a sus soberanos bajo siete llaves.
Siguió don Alonso la ruta que le ofrecía el sol. En su viaje caprichoso -que lo condujo sin timón hacia el paraíso- el sol llevaba una dirección. El rumbo contrario sería el que lo conduciría a las costas buscadas. Este viaje de regreso hacia el Este resultó penoso y fatal. Hambres, fiebres y escorbuto diezmaron la tripulación que llegó casualmente a la Isla de la Gomera -en Canarias- con sólo seis moribundos. Se registran los seis nombres de estos cuasi-fantasmas que debieron ser auxiliados en la mencionada isla: el piloto y capitán Alonso Sánchez de Huelva en muy mal estado de salud, Pedro Fernández, Juan Bermúdez, Pedro Francés, Franco Niño y don Juan de Umbría quien ostentó haber visto el paraíso terrenal.
Merodeaba por esta isla un traficante genovés adicto como pocos a los mares y la cartografía. Un marino pecoso y rubicundo, de modales distinguidos, al servicio del rey de Portugal no obstante su tonada italiana. Hombre magnífico, al escuchar los relatos de los moribundos movió sus influencias, interesó a la señora Inés de Peraza, Condesa de la Gomera y feudal de las Canarias. El magnífico señor pagó los gastos de los náufragos, se ocupó personalmente de asistir al capitán Alonso Sánchez quien sobrevivió seis días falleciendo prácticamente en sus brazos. Alcanzó el andaluz a narrar sus peripecias, sus experiencias y anotaciones y entregar íntegra esa documentación como insólito y precioso legado al genovés aportuguesado Christovâo Colombo que lo asistía con samaritana, devota dedicación.
Sabedor de estos secretos se nos presenta en el escenario un Colón estimulado por la información que obtuvo del fantasmagórico náufrago fallecido. Conocía así la cartografía de una ruta hacia el Oeste de la Mar Océana por la que se llegaba a las lejanas tierras del Oriente de las cuales tanto hablaron Marco Polo y los marinos portugueses que llegaron a Catay (China) y al Cipango (Japón) y las Indias. Lo que más lo entusiasmaba a don Cristóbal era la confirmación de llegar a estos maravillosos lugares por una distancia mucho más corta que la ruta de Marco Polo. Se lo acreditaban los trabajos de Alonso Sánchez que no se los comentó a nadie. Don Cristóbal se equivocaba en eso justamente. Si alguien lo hubiere alertado que las distancias hasta el extremo Oriente eran seis veces más largas que las presumidas por él, hoy todos los americanos seríamos brasileños. Los cosmógrafos, cartógrafos y matemáticos que convocó el rey de Portugal para analizar el proyecto de Colón lo rechazaron por este preciso error y estaban en lo cierto.