Enrique Mosconi y los celos histéricos del dictador Uriburu, por Ernesto Poblet
General Ingeniero, íntimo amigo de Jorge Newbery, crea Mosconi en 1922 una Dirección General del Ministerio de Agricultura con un nombre de tres palabras largas y poco conocidas: Yacimientos Petrolíferos Fiscales, a las cuales el tiempo simplificaría en tres iniciales famosas. Todo esto ocurrió al mes de asumir el Presidente Alvear. En esos tiempos todo se hacía más sencillo. Bastaba un escueto decreto de ocho artículos. Un estadista que veía claro lo que disponía. Un ingeniero militar con cualidades de empresario privado que en cada ejercicio contable trasladaba -por el negocio de los hidrocarburos- las utilidades de YPF hacia el gobierno nacional. En tres años el ingeniero Mosconi capitalizó de tal manera la entidad que logró hacer construir con sus propios fondos la mayor refinería de América Latina, cerca de la ciudad de La Plata. La admiración por este hombre llegó a los más relevantes estamentos internacionales. Invitaciones de universidades, gobiernos, empresas y foros jerarquizados.
En ejercicio de su actividad militar -anteriormente- fue Mosconi comisionado a Alemania para la adquisición de armas, misión sumamente apetecible para cualquier colega. Al concluir las operaciones recibe un cheque por una suma significativa. Se dirige por nota al Ministro de Guerra dejando constancia de una aclaración. Es costumbre en estas fábricas liquidar comisiones para los agentes de compra, en consecuencia, solicita permiso para utilizar el importe en la compra de una batería para su unidad.
A pesar de estos antecedentes el dictador José Félix Uriburu -ni bien usurpa el gobierno en 1930- alejó de sus cargos y persiguió implacablemente al general Enrique Mosconi. Uriburu era un hombre sin humor pero supo protagonizar un acontecimiento tragicómico. El Capitán Parodi había llamado a Mosconi para notificarle el nacimiento de su hijita y que se iba a realizar el bautismo en la iglesia tal, a la hora tal, del día tal y que el querido amigo Mosconi había sido designado padrino de la nena. La comunicación se hizo por vía telefónica. A las dos horas eran allanados los domicilios de Parodi y Mosconi y detenidos ambos altos oficiales.
Comprobado que el bautizo, la niñita, la iglesia y el padrinazgo no significaban un estallido revolucionario con un jefe carismático al frente, los dos presuntos conspiradores fueron liberados. También se acreditó el pánico que al dictador le provocaba el creciente prestigio de Mosconi. Uriburu perseveraba en querer transmitir una pose de hombre incorruptible, lucía anteojos de intelectual auténtico y grandes mostachos. Mosconi, hombre sencillo con leve tendencia a la obesidad, no necesitaba disfrazar una reconocida inteligencia, nada de bigotes, gran sentido del humor, enjundiosa biblioteca y esa envidiable demanda académica y mundial para sus conferencias.
El dictador se desesperaba por Mosconi. Le ofrecía cargos que nunca aceptaba. Optó por obligarlo a viajar en Europa o lo más lejos posible. Lejos en el tiempo y en el espacio. Cuando se agotó el periplo de los viajes Mosconi debió -inevitablemente- regresar al país.
Lo designaron Director de Tiro y Gimnasia del Ejército Argentino. Murió en 1940. Con 63 años.
MORALEJA SUBJETIVA: ¡Cuánta falta nos hizo por lo menos otra década de un Mosconi activo!