Director: Bartolomé Tiscornia | Martes 9 de Febrero de 2010
Busqueda en el sitio





Ernesto Poblet
Columnas anteriores


Dicen que sucedió: Testigos a granel, por Lázaro Covadlo, desde Catalunya

El Quorum del Diputado Fasce

El mundillo intelectual de Cristóbal Colón

Enrique Mosconi y los celos histéricos del dictador Uriburu

Artemio Gramajo: toda su vida junto a Roca

La época del Virrey Manuel Amat y Junyent y Micaela Villegas “La Perricholi”

Primera Salida del fortísimo caballero Vittorio de Baires y todo lo que en ella acontecio

J.M. de Pueyrredón: el generoso Carlos IV

J. P. Morgan: Ingenioso multimillonario norteamericano

Japon 1543

| 1 | Next

La época del Virrey Manuel Amat y Junyent y Micaela Villegas “La Perricholi”, por Ernesto Poblet

Se trata de quince años asombrosamente divertidos, dinámicos, faranduleros, matizados con un interesante crecimiento económico y bélico junto a una desusada protección de las artes. Lima era la capital esplendorosa de los virreyes. Ahí residía la concentración del poder, las armas, la burocracia y la iglesia católica que provenía de un oscuro y cruel período de Inquisición.

Los quince años de gobierno del Virrey Manuel Amat fueron una bocanada de aire fresco. Se trataba de un catalán de 56 años, militar ascendente en su patria, a quien el gobierno de España lanzó primero como gobernador-intendente de Chile desde 1755 al 61. Su gobierno fue tan exitoso que lo catapultaron al de Perú, a la cabeza del Virreynato más importante de América. Precisamente don Manuel fue el Virrey durante esos radiantes quince años que transcurrieron entre 1761 hasta 1776.

Dejó el gobierno a los setenta y dos años. La personalidad de Amat y Junyent merece párrafos aparte. Era de esos catalanes extremadamente vigorosos, ampulosos, valientes hasta la exageración, jamás permanecía quieto, intentaba grandes empresas y obtenía sus designios con obsesiva constancia. Gustaba de las mujeres, el buen vino y las artes. A pesar de haberse mantenido soltero hasta los 72 mantuvo el culto familiar a través de estrechos vínculos con sus hermanos y demás parientes. Cuidaba y cultivaba el arte de gobernar con eficiencia. Desde luego, no pudo evitar que se lo acusara de grandes gastos fiscales, excesivos lujos y algunas otras travesuras... que ya veremos.

Esta clase de catalanes -vigorosos, fanfarrones y altisonantes- los hay numerosos desparramados por el mundo y en la histórica Generalitat. Un cuento prototípico los pinta de cuerpo entero. Un barcelonés de ochenta años se había casado con una joven de veinte. Vuelve eufórico de la luna de miel y le cuenta a los gritos a un amigo “Pues maravilloso, hombre, maravilloso, estupendo ¡no menos de cinco por noche sin parar! y durante los veinte días de la luna de miel… ha sido inolvidable, tú no sabes, estupendo…” El amigo alcanza a decirle: “Pero mira que cinco por noche durante veinte días es una dosis mortal, no cualquiera la resiste, hombre….”. Y responde reflexivo por fin el recién casado: “Pues mira, hombre, si ella se muere… ¡… pues que se muera…!

Demostró su vigor y fortaleza don Manuel tanto en su estada en América como gobernante y en sus años de jubilado en Barcelona. Hay que conocer las hazañas del veterano catalán y cómo dejó su bello recuerdo para la historia frente a la propia rambla en la ciudad Condal.

Pero volvamos a los años de Chile y de Perú. Al gran Amat y Junyent no sólo lo recuerda la historia por sus amoríos con la Perricholi, tambien por sus dotes de Rambo y sus luchas contra el poderío clerical de la Lima de entonces.

Lo de Rambo viene a cuento porque una vez le tocó soportar una sublevación de presos. La resolvió a lo macho, al mejor estilo Stallone-Sérpico. Entró en la cárcel amotinada con una espada en cada mano. Lo reciben a piedrazos. Don Manuel los enfrenta a todos juntos a espadazos y gritos. Los controla en pocos minutos. Dicen que fueron tan eficaces las espadas como los gritos de fiereza. Los presos, arrinconados y sumisos, se le rinden.

En aquella Lima majestuosa todavía afloraba el contraste de lo que quedó del poderoso Tribunal del Santo Oficio y su siniestra Inquisición. Digo contraste porque a esta altura del siglo ya habían llegado los aires renovadores y liberales que estableció el Rey Carlos III. Justamente uno de los actos más eficaces de este Virrey fue el cumplimiento estricto de las órdenes de España de expulsar a los Jesuítas. Talvez este fenómeno de los Jesuítas tuvo una diferente concepción en el Río de la Plata que en Lima. Pero esto es harina de otro costal.

Lo más interesante del caso fue que el Virrey Amat debió enfrentar una enorme población de la clerecía de entonces. Se trataba de 3300 frailes y 700 monjas que heredaban los vicios, actitudes, fanatismos, extorsiones, delaciones y corruptelas de la época de la Inquisición.

Las ideas liberales del Virrey Amat pronto chocaron contra aquel clero difícil y escasamente cristiano. Por suerte él supo ganarse cierta parte de la institución eclesiástica para tan desigual enfrentamiento. Aquellos enemigos con sotana le produjeron el daño de las acusaciones en el final de su gobierno, pero el catalán se las ingenió para caer bien parado y gozar de una merecida jubilación en Barcelona. Ya vamos a explicar el porqué de esa “paradisíaca jubilación” que por cierto no provino de ningún enriquecimiento ilícito de sus respectivos gobiernos en Chile y Perú.

El Virrey y la Perricholi

Pero vayamos a lo más sabroso de esta historia que son los amoríos del Virrey con la célebre Perricholi. No olvidemos que “La Perricholi” era el nombre despectivo que sus enemigos prodigaban a la vivaz actriz y bailarina doña MICAELA VILLEGAS, para sus íntimos “Miquita” y entre esos íntimos figuraba nada menos que el Virrey del Perú, General don Manuel de Amat y Junyent. La palabra “Perricholi” fue acuñada por una perversa mezcla entre “perra” y “chola”. No fue ajeno a la creación de este abominable apelativo la pronunciación acatalanada del propio virrey amante.

En vida de la señora Anita Perichon de Liniers se confundieron dos apelativos igualmente despectivos -que aludían a una y otra dama- por las asonancias parecidas entre “La Perichona y La Perricholi”. El caso de la actriz peruana ocurrió cuarenta y pico de años antes de que cobrara celebridad el publicitado romance de Liniers con la señora Perichon de O¨Gorman. Precisamente, los enemigos de Liniers (Álzaga entre ellos) acuñaron el término “Perichona” buscando así denigrar a la señora francesa que fuera el amor del viudo don Santiago.

Pero volvamos a la Lima de 1761 para adelante. Una sociedad pacata y almidonada. A este Virrey popular y farandulero se le ocurre enamorarse nada menos que de la diva del teatro que hace suspirar a toda la población masculina del Virreynato. Con más gracejo que belleza pero rotundamente atractiva. Merodeaba los sesenta años el hombre, aunque por su virilidad representaba apenas unos cuarenta. Micaela Villegas decía que tenía 20 años, aparentaba tenerlos y realmente los tenía. Un caso raro en que se dan las tres circunstanciales edades de la mujer. Claro que después de los cuarenta estas alegres coincidencias comienzan a bifurcarse...

La historia de estos amores transcurren con similares episodios a través de los siglos. El gobernante o empresario poderoso con la vedette o la secretaria. Primero el secreto anida sólo entre los dos. Después se extiende hasta los más íntimos. Y si subsiste se propala en toda la población con una rapidez vertiginosa. Al principio sólo trascienden los chismecitos más sabrosos. Pasa a ser el regocijo de las orejas. Unos niegan, otros afirman. Otros exageran o agregan ponzoña. Hasta que todo el mundo se acostumbra.

Llegó un momento en que el Virrey Amat se paseaba con su “Miquita” integrando el séquito, disimulada tras algún disfraz. Al tiempo aparecía a su lado cabalgando desembozadamente y a cara descubierta. Enfrentando prejuicios, broncas y envidias.
Como siempre los que la admiran y simpatizan piensan en una mujer bondadosa y caritativa. Para los fundamentalistas del odio, cualquier insulto es poco, desde yegua para abajo. La cuestión es que los limeños se entretuvieron como alegres comadres durante los quince prósperos años del gobierno de Amat. Porque el romance tuvo sus más y sus menos. Sus caídas y levantadas.

La vida cultural se desarrollaba a pleno durante aquella administración simpática, espléndida y también con algo de travesura. Al que se le ocurra comparar a la Perricholi con Madame Pompadour no le vamos a decir que estaría algo errado. Por algo don Manuel Amat aparece en todas las enciclopedias como el gran Virrey que fomentó las artes y atendió al mismo tiempo una larga guerra de siete años contra los ingleses. No le faltó eficacia al enamoradizo catalán para enfrentar las flotas británicas en las aguas y las islas del Pacífico.

La ciudad de Lima de aquel entonces contaba con teatros en actividad, empresarios, dramaturgos, actores, apuntadores, traspuntes, bolos y todo el mundillo del arte escénico. No faltaban los cholulos, los críticos y las fantasías que genera el ambiente teatral.
Micaela Villegas figuraba en el cartel protagónico del teatro donde se representaba “La Dama Duende” de Calderón de la Barca”. Había un empresario-dueño que al mismo tiempo se desempeñaba como primer actor. El hombre, como se precia un director, empresario y primer actor, no podía aspirar a los encantos de una diva amiga nada menos que del Virrey. Se conformaba con los mimos de Inesilla. Actriz de menor rango que la Perricholi.



1 | 2 | 3