Director: Bartolomé Tiscornia | Martes 7 de Septiembre de 2010
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Los caminos de la verdad, por Juan M. Molinari

*Gentileza de Argenpress

El concepto de verdad es clave en la cultura occidental. Adquiere una denotación precisa en las distintas gnoseologías y connota, además, significados morales: lo verdadero se opone a lo falso como lo bueno a lo malo. En la perspectiva cristiana, la verdad libera al hombre; por su parte, la tradición moderna destaca el papel del conocimiento verdadero en el progreso y la emancipación de las sociedades. En los países que atravesaron regímenes políticos caracterizados por el terrorismo de Estado, el regreso al estado de derecho se manifiesta entre otras cosas- en la constitución de las denominadas Comisiones de la Verdad, como en el caso de El Salvador, la Argentina o Sudáfrica. En nuestras sociedades la verdad ocupa un sitial de relevancia, que se expresa tanto en su carácter pragmático lo verdadero es o puede ser útil- como en su valor absoluto, a la manera de una meta legítima en el plano individual y social. Por supuesto, el concepto de verdad tiene fundamental importancia dentro de una práctica social en particular: la ciencia; y es a través de la idea de verdad en ciencia que el concepto impregna otras prácticas.

Verdad, publicidad, democracia

El concepto de verdad en ciencia se relaciona, además, con las ideas de lo público y la democracia. La ciencia persigue el conocimiento verdadero; asume, en este afán, que existen lenguajes capaces de representar al mundo con relativa exactitud. Indudablemente, la verdad que persigue la ciencia no se materializa de una vez y para siempre en una teoría. El camino hacia la verdad es una asíntota en la cual se suceden las distintas teorías, cada una de ellas más próxima a la meta. Resulta claro, además, que la comunidad científica necesita comunicarse sobre los procedimientos y hallazgos. Se entiende que esta comunicación es horizontal e igualitaria, ya que en ciencia el último y único- juez es la realidad. Todas las voces están en un mismo nivel; nadie goza de preferencias; la condición es compartir un conjunto de estándares metodológicos. No hay propietarios exclusivos de la verdad, sino una comunidad que trabaja en pos de ella con las mismas herramientas e iguales posibilidades de expresión.

Hay, en la noción de una comunidad que comparte procedimientos, información y el derecho a expresarse, algo profundamente democrático. El ethos de la ciencia es afín al democrático, si por tal entendemos un sistema caracterizado por la libertad de expresión, el rechazo de autoritarismos y fundamentalismos, y la igualdad de sus integrantes. Mario Bunge, por ejemplo, sostiene que la comunicabilidad y la apertura son dos de las principales características de la ciencia. El uso de un lenguaje común al alcance de la comunidad científica en su totalidad es un rasgo que diferencia a la ciencia de otras prácticas sociales; por ello, nada más ajeno a la ciencia que el secreto. Él secreto origina estancamiento en la cultura, la tecnología y la economía, y es 'fuente de corrupción moral' (Bunge, 1995: 31). Trabajar con versiones del mundo refutables vulnerables a la crítica y contrarias al estilo autoritario de la 'verdad revelada' y el dogma-, y exponer los hechos a la discusión de los pares, son manifestaciones del valor que la ciencia moderna asigna a lo público. Por eso, el irracionalismo con su lenguaje abstruso y restringido- se vincula estrechamente al analfabetismo y al atraso científico-técnico que campean en 'nuestra América, tan necesitada de razón' (Bunge, 1995: 122). Hace unos años, el físico Alan Sokal envió un artículo pleno de falacias y dislates a la conocida Social Text, revista norteamericana adicta al deconstruccionismo francés; el trabajo, escrito en prosa gongorina, fue aceptado por los editores sin objeción (1). El asunto Sokal que motivó la publicación del libro Imposturas Intelectuales- es un ejemplo que muestra cuán lejos se halla cierta ciencia social de hallar un lenguaje que sea a la vez común y denotativo.

Tan importante como el veredicto de la realidad es el consenso de la comunidad de investigadores, así como la posibilidad de quienes disienten de manifestar su disenso de una manera fundada. Lo que define, además, la esencia del concepto de verdad en ciencia es su carácter público. En efecto, la idea de verdad es tan inseparable del consensualismo como de la conducta de hacer pública la verdad descubierta. Hacer público es hacer común propiedad de todos- la nueva verdad, de modo tal que ingresa a la historia de la ciencia de la mano del descubridor, pero inmediatamente pasa a ser patrimonio de la comunidad científica en su totalidad. La verdad conserva su apellido de casada las leyes de Newton, el principio de Heisenberg, el teorema de Goedel, la ley de Thorndike- pero la comunidad entera disfruta de ella.

La exégesis de las condiciones del surgimiento de la democracia en Grecia es especialmente ilustrativa para entender el nexo profundo que conecta las ideas de verdad, democracia y lo público en la ciencia moderna. En Los Orígenes del Pensamiento Griego, Jean-Pierre Vernant (1965) sostiene que la caída del poderío micénico y la aparición de la polis van acompañadas de tres situaciones. En primer lugar, la preeminencia del lenguaje-diálogo sobre cualquier otro instrumento de poder. La preeminencia de la palabra hace que todas las cuestiones en las que antes resolvía la autoridad del monarca micénico sean a partir de aquí objeto de debate. En segundo lugar, el carácter de publicidad que adquieren las manifestaciones de la vida social. El espacio público se contrapone al espacio privado, en el que impera el secreto. Los asuntos de la polis son llevados a la plaza pública; la discusión, la argumentación y la polémica devienen reglas del juego intelectual. En tercer lugar, a partir de la reforma militar hoplita surge un nuevo concepto de igualdad: todos cuantos participen de la falange y, por tanto, del Estado- serán homoioi o semejantes.

Según Marcel Detienne (1983), a partir de la Epopeya el grupo de los guerreros se define como el de los homoioi; en las asambleas guerreras, la palabra es un bien común depositado es to meson, 'en el centro'. Cada uno toma la palabra por turno, con el acuerdo de los semejantes; de pie, en el centro, el orador se halla equidistante de los demás, en un plano de igualdad y reciprocidad. El centro como espacio físico metaforiza un espacio horizontal dialógico, en el cual se comparte, se discute, se argumenta. Poner una cuestión es to meson implica ofrecerla a discusión de la asamblea, consagrarla al lugar del debate. Parece evidente que la ciencia moderna sería inviable sin la posibilidad de este espacio de confrontación.

De todas maneras, es objetable equiparar las condiciones que dieron origen a la aparición de la polis griega con aquellas que presenciaron el surgimiento de la ciencia moderna. Ello no es razón, sin embargo, para cerrarse a las interesantes homologías que aporta la sociología de la ciencia. En especial, la sociología de la ciencia mertoniana es sugerente respecto del vínculo que existe entre los conceptos que aquí comentamos. Para Merton, el código de la ética científica comprende cuatro 'imperativos institucionales': universalismo o no relativismo, comunismo o distribución equitativa del conocimiento científico, desinterés o libertad respecto de las contingencias económicas y políticas, y escepticismo organizado o énfasis en la duda metodológica, la posibilidad de la discusión y la verificabilidad (Merton, 1977). Concédasenos que el énfasis heleno por la argumentación y el diálogo puede reconocerse en el escepticismo organizado y el universalismo de Merton; la prioridad de lo público y la igualdad de los homoioi se reconocerá, por su parte, en el comunismo mertoniano.



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