Director: Bartolomé Tiscornia | Jueves 9 de Septiembre de 2010
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Entrevista a Mario Bunge*: “Lo importante es el conocimiento, no la informacion”, por Martha Paz

*Filósofo nacido en Argentina, autor de cuarenta libros y casi quinientos artículos en una docena de lenguas, Mario Bunge estuvo en Salamanca, en mayo de este año, para ser investido como doctor Honoris Causa por la misma universidad que acogió hace cientos de años a Fray Luis de León y Francisco de Vitoria, pensadores como él por quienes, dijo, sentir mucha admiración.

Era su 15º doctorado honorario pero eso no impidió que, vestido con el tradicional traje académico, participara emocionado de la ancestral ceremonia en la que el rector y los doctores de Salamanca le impusieron el grado de doctor en Filosofía y, en latín, él jurara 'guardar los derechos y privilegios y el honor de esta Universidad y siempre ayudar, prestar apoyo y consejo, en las obras y asuntos de la misma, cuantas veces fuese requerido'.

Su discurso, sobre el cual algunos ya han dicho que debería ser lectura obligada en los gobiernos y las administraciones públicas, enfatizó en la importancia de que los países hagan inversiones en investigación básica porque, de lo contrario, 'la gallina no pondrá huevos de oro'. Advirtió que la cosecha de frutos no es inmediata pero sí determinante para una sociedad.

Crítico y contundente en sus argumentos, Mario Bunge conversó luego con nosotros. ¿El tema? Uno de moda: la sociedad de la información versus la sociedad del conocimiento. ¿El enfoque? Uno fuera de moda, es decir, a la manera de Mario Bunge, como a él le gusta, resistiéndose a todas las modas. Finalmente, él no es un filósofo a la moda.

- Pensadores y filósofos contemporáneos coinciden en decir que estamos viviendo la sociedad de la información. Otros ya hablan de la sociedad del conocimiento. ¿Cuál es la diferencia?

- La información en sí misma no vale nada, hay que descifrarla. Hay que transformar las señales y los mensajes auditivos, visuales o como fueren, en ideas y procesos cerebrales, lo que supone entenderlos y evaluarlos. No basta poseer un cúmulo de información. Es preciso saber si las fuentes de información son puras o contaminadas, si la información como tal es fidedigna, nueva y original, pertinente o impertinente a nuestros intereses, si es verdadera o falsa, si suscita nuevas investigaciones o es tediosa y no sirve para nada, si es puramente conceptual o artística, si nos permite diseñar actos y ejecutarlos o si nos lo impide. Mientras no se sepa todo eso, la información no es conocimiento.

Y lo que importa es el conocimiento. No tiene interés, creo yo, insistir en la información. Hay que insistir más bien en la relación que ésta tiene con el conocimiento y el poder económico y político. Hay que averiguar quiénes son los dueños de las fuentes de información y de los medios de difusión. Si la información está distribuida equitativamente, puede beneficiar a todo el mundo. Si, en cambio, está concentrada en pocas manos, va a beneficiar primordialmente, sino exclusivamente, a los dueños de esas fábricas de información.

Lamentablemente, lo que existe ahora en el mundo industrializado es una concentración creciente de los medios de información. Urge luchar contra eso. Así como en algunos países hay leyes contra el monopolio industrial y comercial, es preciso trabajar también por una legislación contra el monopolio informativo. Las leyes actuales están favoreciendo la concentración de los medios de difusión. Y eso es un peligro muy grande para la democracia porque implica alimentar a la gente con información unilateral, ocultándole la verdad, distrayéndola para mostrarle aspectos poco importantes de lo que en verdad sucede en el mundo.

Por ejemplo, se le da mayor relevancia a actos terroristas en los que mueren una o dos personas que al terrorismo constante al que se ve sujeta la gente que no tiene agua para beber. Todos los años fallecen por lo menos setenta millones de personas porque no tienen acceso a agua potable y beben agua contaminada. Hay niños que no llegan al año de edad debido a que mueren de diarrea causada por el agua contaminada. Es que el agua potable está mal distribuida, en manos de poca gente.

En general, el problema principal del mundo contemporáneo -también lo fue del antiguo- es la concentración de la riqueza y de los bienes en pocas manos. La desigualdad, un problema de siempre, un problema que sólo se podría resolver tomando medidas económicas, culturales y políticas. Hay que distribuir el poder. Y esa mejor distribución debe abarcar, entre otros aspectos, a los medios de comunicación.

- Hablar de la nueva sociedad nos lleva necesariamente a hablar de las llamadas nuevas tecnologías o tecnologías de la información. ¿Cómo han cambiado a la sociedad?

- Han cambiado a sólo una parte de la sociedad, a una sexta parte de la humanidad. Las cinco sextas partes restantes casi no han sido afectadas. Pero ese cambio ha sido muy profundo. La cantidad de información accesible es mucho mayor y la velocidad con que se la puede conseguir ha aumentado enormemente. Antes la gente pasaba horas o días buscando una información. Ahora puede encontrarla muy rápidamente a través de Internet.

Pero esa mayor facilidad tiene un lado negativo, que es la sobrecarga de información. Debemos ahora protegernos contra esa sobrecarga, crear filtros para que no nos llegue tanta información mala o impertinente.

Necesitamos más tiempo para reflexionar y menos para buscar información. La gente gasta demasiado tiempo mandando y leyendo 'emilios', sin necesitarlos para trabajar y sólo por seguir perteneciendo a comunidades y redes culturales.

Por eso es que yo no estoy enchufado. Me desenchufé hace muchos años. Hubo una época, hace treinta años, en que yo pasaba dos días por semana respondiendo correspondencia común y ordinaria.

Si bien uno está contento de pertenecer a una red cultural, llega un momento en que se necesita más tiempo para la reflexión. De lo contrario, ésta es superficial, demasiado rápida, sin tiempo para asimilar, criticar, sopesar. Hace falta más tiempo para ensimismarse, para reflexionar en silencio y soledad.

- ¿Lo mismo se puede decir de la sociedad de la imagen en la que estamos inmersos?

- Eso es mucho peor. La imagen, demasiado rápida, reemplaza al pensamiento. Y aunque se dice que una imagen vale por mil palabras, lo cierto es que queda muy poco de ella, se la olvida con facilidad. La imagen no tiene contenido conceptual. Puede suscitar ideas en algunos casos, pero es muy superficial. Porque lo que podemos ver es apenas la piel de las cosas. La mayor parte del mundo está oculta a la vista, hay que conseguirla, hay que imaginarla, hay que conjeturarla. Y la imagen nos restringe a las apariencias. La palabra puede trasmitir conceptos, algo que la imagen no puede. Y solamente con conceptos se accede a lo invisible, que es la mayor parte del universo.

- Ahora se ve a la hiperconectividad como algo positivo, como un fruto saludable de la sociedad de la información y del conocimiento. ¿Qué dice al respecto?

Muchas veces nos conectamos con sectores que no nos interesan. O, por lo contrario, se refuerza la relación con especialistas de la misma especialidad, lo cual cierra la posibilidad o el aliciente para conectarse con grupos que se ocupan de otras cosas. Por ejemplo, en los viejos tiempos, uno iba a la biblioteca a buscar un libro o una revista que se ocupaba de la especialidad de uno y, a los costados, se veía, sin querer, material de disciplinas anexas. Esa búsqueda o mirada a lo aledaño enriquecía la investigación propia, favorecía la formación de interdisciplinas.


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