Después de las elecciones, por Guillermo Lascano Quintana
El inesperado homenaje generalizado por la muerte del ex presidente Raúl Ricardo Alfonsín, demuestra, que gran parte de la sociedad argentina está harta de sus actuales gobernantes, que no tienen ninguna de sus evidentes virtudes: honestidad y patriotismo. Ello corrobora lo que informan las encuestas de opinión sobre las posibilidades electorales de quienes gobiernan versus sus eventuales opositores.
En algunos distritos la derrota del oficialismo será catastrófica y en otros de una magnitud inimaginable hace apenas un año. Con toda seguridad el resultado significará la pérdida de la mayoría en la Cámara de Diputados de la Nación.
Frente a esa probabilidad, se hacen toda suerte de pronósticos sobre que sucederá, en términos políticos, después de las elecciones. Están los que pronostican todo tipo de calamidades, tales como desórdenes en la calles, inspirados por el gobierno o por algunas organizaciones compañeras de ruta, que podrían conducir a enfrentamientos armados. Hay quienes agregan a ese escenario la pasividad de las fuerzas de seguridad, lo que agravaría aún más las consecuencias. Hay quienes sostienen que la Presidente de la Nación renunciaría o simplemente abandonaría su cargo. Están los que vaticinan fuertes presiones sindicales ante el inevitable agravamiento de la crisis económica, con la consiguiente inestabilidad.
Acostumbrados como estamos a conductas y escenarios épicos, en lo que “se juega el destino de” la patria, la libertad, o cualquier otra cosa semejante, nos cuesta imaginar un derrotero mas civilizado, menos dramático. Sobre todo por el comportamiento facineroso, autoritario y disparatado que han tenido los gobernantes, desde hace varios años, pero seguramente desde del 25 de mayo de 2003, que hace suponer su repetición ante el resultado de una derrota electoral; lo que en cualquier sociedad organizada y estable del orbe tiene y ha tenido las consecuencias previsibles: diálogo entre los contendientes, cambios de políticas; en fin, comportamientos razonables y civilizados.
La insistencia en presentar como posibles los desmanes insinuados es una maniobra de quienes han lucrado, tanto política como económicamente con el sistema kirchnerista.
Hay que trasmitir tranquilidad, en medio de la tormenta en la que estamos y planear o prever escenarios menos trágicos.
Señalaba, hace un par de días, un distinguido dirigente opositor, principal operador de la alianza que conforman Macri, de Narváez y Solá, que después de la victoria están dispuestos a hacer todo lo necesario para asegurar el funcionamiento de las instituciones y brindar los apoyos que las circunstancias requieran.
Si se produce una derrota de magnitud ¿Por qué no propiciar un cambio de gabinete, incluido su jefe? ¿Por qué no imaginar nuevas políticas frente a los nuevos desafíos que presenta la crisis mundial? Con todo lo “revolucionarias” aparecen tales posibilidades, siempre serían mas previsibles y controlables, que los efectos de gestos destemplados, vengativos o que propicien al acción directa de grupos de choque.
El fastidio y los enconos que han suscitado la pareja gobernante y sus secuaces, no debe confundirnos. Siempre será mejor un acuerdo que un enfrentamiento de consecuencias incontrolables.
Se presenta una nueva aurora, tras la tormenta iniciada en 2001. No la desperdiciemos. Seamos capaces de hacer como hizo Urquiza con los rosistas: – según nos recordaba el político mencionado arriba – convencer a los peronistas que hay otros caminos posibles para la concordia y el progreso. Tal vez así alumbremos un futuro más promisorio.